el circo de las pirámides




el sentimiento de deseo por alcanzar las pirámides, era más fuerte que ninguna otra cosa. Sin querer, o queriendo, se había convertido en el eje central de mi vida, y a su alrededor no importaban tormentas de arena, ni dolor en los pies. Un repelente de insectos en mi bolsa de viaje, impedía que hubiese mosquito que se me acercara o bicho que me asustase. Tan solo en ciertas ocasiones olvidaba portarlo, entonces algún viejo encantador de serpientes que otro aprovechaba la ocasión para acercarse. Relatando así sus peripecias en la cercanía. Antes de lograr llegar el campamento, donde todos nos encontrábamos reunidos, alcanzaba el bostezo. Al elevar la vista: vendedores de camellos, matemáticos griegos, astronautas rusos, y bailarinas en paro ocupaban el lugar. Como si de una función de circo se tratase, el cartel siempre resultaba variopinto. En cuanto empezaba la función,  mantenerme al margen era algo que me resultaba fácil. Refugiarme en los libros era mi mayor placer. En otras ocasiones me limitaba a pasear en círculos, rodeando así la tienda donde me albergaba, pues una ruta diferente podría desviarme del camino. Lo último que quería era encontrarme por accidente con la soledad, que por otro lado tantas veces ansiaba. Mataba el tiempo observando mis ropas sucias intentando apreciar su forma original. Algunas viejas fotos me evocaban tejidos olvidados, pero ese no era suficiente logro como para ayudar a saber cuál era esa túnica que me cubría. Tal vez había sido la verde, la que había sacado de mi viejo baúl, pero hacia tanto de ello… Mientras, un galán de telenovela con su atusado bigote, alababa mi sonrisa, y decía ser mi mejor ropaje o complemento, pues no entendía de pendientes o pulseras. Tan solo en momentos especiales adornaba mi dedo pulgar, luciendo un anillo regalo de un viejo amigo; que recuerdo respiraba alegre en su isla de palmeras. Lugar de esperanza y felicidad. Hogar de unos, recuerdo de otros. Lejano, o cercano a mis pirámides. Relativamente tal vez más espiritual,que geográfico.  Preguntárselo al sabio hindú podría haber sido inteligente, pero por aquel entonces había abandonado todo lo racional, por lo que escogí el silencio. En esporádicas reuniones nocturnas se rompía con risas y alboroto. Chistes narrados al calor de una hoguera, olor a humo con especias de marruecos… Y de nuevo, el silencio. Este no dejaba de unirse nunca a los mas diversos manjares que se ofrecían entorno a ella: Pasta italiana, ensaimada de chocolate, papas arrugadas, bandeja paisa, paella, caldo gallego y cuscús de cordero. Cenas, comidas, y meriendas siempre en silencio. Cafés y cigarrillos acompañaban de nuevo el alboroto, junto los desayunos con diamantes, mientras el  viaje se había hecho casi eterno. Un tiempo que no llegaba y otro que marchaba de prisa, junto la princesa de un pasado y su reino sin corona. Solo arena. Gente en el camino. Y las llaves oxidadas del hogar extinguido. Sin mapas, o brújula. Gente y más gente. De nuevo yo; y en la lejanía mis pirámides… No sabes cuánto siento no haberte dado todo lo que he podido en mis cartas… y que decirte si soy errante…

Comentarios

Entradas populares