querida señora indiferencia

sienta más y piense menos. Reciba el día con la mente abierta, deje que las horas transcurran tan vaga como lentamente, mientras su alma se alimenta de las cosas más sencillas. Escuche la voz del silencio. Agradezca la taza de café en las mañanas. Y el caldo de sopa caliente, en sus noches más largas. Sonría al vecino que le abra la puerta. Busque el hogar de la verdad y abandone las medias tintas.

Sea autentica, no engañe, no es lo adecuado. Muéstreme lo que usted quiera, o pueda darme, cualquier cosa, cualquiera. Más por favor, sálveme de su cruel látigo.

No se asome a mi vida, ni a la de nadie, sin saber estar. Con la idoneidad y el corazón cerrados a cal y canto. Sus costumbres, no tienen porque ser las nuestras. Y los ojos esquivos, hacen daño.

Aprenda a observar, disipando dudas. No obstante, comprendo que le resulte complicado, no todos entendemos de empatía. 

Ojalá fuese su mirada la encargada de hablarme, en lugar de este feroz vacío.

Con todo ello, me veo obligada a decirle que lo que más me inquieta de esta situación, sin duda alguna, no es usted, soy yo. Hace demasiado tiempo, que me es imposible hallar ningún tipo de lógica formal a su castigo. Ejecutado en primera instancia, solapado junto con su saludo inicial, repleto de dejadez y apatía.

Son muchas las personas que van quedando en el camino, a lo largo de la vida. Pero a usted, sin duda, nunca le ha encontrado servicio pertenecer a la mía.

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